jueves, 4 de febrero de 2016

¡Equivòquese!

!EQUIVÓQUESE¡

¿Cuántas veces dejamos de hacer algo porque estamos seguros que nos va a salir mal? El miedo al fracaso provoca que en muchas ocasiones no demos un paso al frente e intentemos hacer algo que nos traería beneficios, prestigio o, simplemente, autosatisfacción.

Cuando tenía veintipocos años decidí continuar con mi formación académica y me matriculé en el turno de noche de la Facultad de Geografía e Historia, llevándome la sorpresa de que una de las asignaturas del primer curso era Latín. Enfrentarme nuevamente a esta materia me hacía recordar los malos momentos pasados cuando la estudiaba en bachiller y todos los alumnos nos escondíamos al llegar el profesor dispuesto a que alguno de nosotros realizara, ante toda la clase, la traducción que nos había impuesto como tarea el día anterior.

Con ansiedad, mezcla de ilusión y temor, esperaba la primera clase de latín. Por un lado confiaba que en la universidad los métodos de enseñanza no fueran igual que en un colegio y que me descubrieran algo que me entusiasmara del Latín, pero por otro, me temía que mi preparación, después de tantos años sin haber visto nada de este idioma, fuera bastante deficiente para afrontar la asignatura.

En medio del guirigay que se formaba entre clase y clase, una chica rubia, bastante más joven que la mayoría de los que estábamos en los pupitres, se subió a la tarima y, acercándose a la mesa del profesor, dejó los libros y carpetas que llevaba entre sus manos. Se dirigió a la clase y se presentó como la profesora de Latín. Nos contó cómo pensaba organizar la asignatura, libros de texto, trabajos, calificaciones y, por supuesto, las traducciones de textos latinos que todos los alumnos debían realizar y que expondrían en clase.

No podía ser, después de varios años y vivencias de todo tipo habíamos llegado al mismo lugar, traduciendo textos latinos y pasando vergüenza por los errores que se cometían al hacerlos.

Por supuesto, la actitud de los alumnos de la universidad era la misma que en el colegio, nadie quería hacer las traducciones en público y nos escondíamos tras la cabeza de la persona que teníamos delante, esperando que la profesora no nos viera y que encontrara alguna víctima y no tirara de lista, momento peligroso en que las posibilidades de que te tocara eran infinitas.

Cuando la víctima era elegida, se oía un suspiro de alivio del resto de la clase. El peligro había pasado, al menos momentáneamente.

Una vez superado este momento, me paraba a analizar la situación y me hacía mucha gracia ver cómo personas con muchos años encima, que seguramente habían afrontado situaciones mucho más complicadas en su vida, se comportaban como críos ante una profesora más joven que ellos, por la posibilidad de tener que realizar una traducción de un texto latino delante del resto de la clase.

La verdad es que no recuerdo que los textos a traducir fueran especialmente difíciles o que  la profesora fuera particularmente cruel con nadie, ni que se ensañara con los que cometían errores al traducir, como era el recuerdo que tenía de mis años de bachiller, simplemente creo que, al tratarse de personas con mucho bagaje a sus espaldas, el miedo a hacer el ridículo delante de los demás les paralizaba y hacía que sintieran un pánico atroz a meter la pata.

En una de estas traducciones forzadas le tocó el turno a un señor que ya no cumplía los cuarenta años. La profesora le eligió y le pidió que tradujera un texto en voz alta. El hombre se puso de pie con su libro entre las manos y realizaba intentos de comenzar, pero no podía ni articular palabra latina a derechas. La profesora le animaba mientras no dejaba de pasear entre las mesas de los alumnos, “Vamos Fulanito, es un texto sencillo”, decía y el pobre hombre continuaba intentando formar la primera frase, “Inténtelo” machacaba mientras seguía su deambular por la clase, hasta que, parándose delante del alumno le dijo “Equivóquese”.

El resto de la clase, inconscientes, nos echamos a reír.

Equivóquese. Esta acción, que todos celebramos porque no éramos los directamente interpelados, no era en absoluto algo vejatorio contra nuestro compañero, muy al contrario, la profesora le animaba a traducir un texto, a intentarlo y, como consecuencia de este intento, existía la posibilidad de equivocarse. Si nuestro compañero no intentaba traducir el pequeño texto, el resultado sería que no tenía ni idea de cómo hacerlo, pero si lo intentaba y comenzaba a traducir, aunque fuera algo, sería mucho más que nada.

Este instante se me quedó grabado y, desde entonces, ha sido para mí una máxima en mi vida: para lograr lo que queremos hay que intentarlo, hay que arriesgar y en último caso, equivocarse. Nadie va a regalarnos nada, todo lo tenemos que conseguir con nuestro esfuerzo y, si no comenzamos por intentarlo, nunca lo alcanzaremos.









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