!EQUIVÓQUESE¡
¿Cuántas veces dejamos de hacer algo porque estamos
seguros que nos va a salir mal? El miedo al fracaso provoca que en muchas
ocasiones no demos un paso al frente e intentemos hacer algo que nos traería
beneficios, prestigio o, simplemente, autosatisfacción.
Cuando tenía veintipocos años decidí continuar con
mi formación académica y me matriculé en el turno de noche de la Facultad de
Geografía e Historia, llevándome la sorpresa de que una de las asignaturas del
primer curso era Latín. Enfrentarme nuevamente a esta materia me hacía recordar
los malos momentos pasados cuando la estudiaba en bachiller y todos los alumnos
nos escondíamos al llegar el profesor dispuesto a que alguno de nosotros realizara,
ante toda la clase, la traducción que nos había impuesto como tarea el día
anterior.
Con ansiedad, mezcla de ilusión y temor, esperaba la
primera clase de latín. Por un lado confiaba que en la universidad los métodos
de enseñanza no fueran igual que en un colegio y que me descubrieran algo que
me entusiasmara del Latín, pero por otro, me temía que mi preparación, después
de tantos años sin haber visto nada de este idioma, fuera bastante deficiente
para afrontar la asignatura.
En medio del guirigay que se formaba entre clase y
clase, una chica rubia, bastante más joven que la mayoría de los que estábamos
en los pupitres, se subió a la tarima y, acercándose a la mesa del profesor,
dejó los libros y carpetas que llevaba entre sus manos. Se dirigió a la clase y
se presentó como la profesora de Latín. Nos contó cómo pensaba organizar la
asignatura, libros de texto, trabajos, calificaciones y, por supuesto, las
traducciones de textos latinos que todos los alumnos debían realizar y que
expondrían en clase.
No podía ser, después de varios años y vivencias de
todo tipo habíamos llegado al mismo lugar, traduciendo textos latinos y pasando
vergüenza por los errores que se cometían al hacerlos.
Por supuesto, la actitud de los alumnos de la
universidad era la misma que en el colegio, nadie quería hacer las traducciones
en público y nos escondíamos tras la cabeza de la persona que teníamos delante,
esperando que la profesora no nos viera y que encontrara alguna víctima y no
tirara de lista, momento peligroso en que las posibilidades de que te tocara
eran infinitas.
Cuando la víctima era elegida, se oía un suspiro de
alivio del resto de la clase. El peligro había pasado, al menos momentáneamente.
Una vez superado este momento, me paraba a analizar
la situación y me hacía mucha gracia ver cómo personas con muchos años encima,
que seguramente habían afrontado situaciones mucho más complicadas en su vida,
se comportaban como críos ante una profesora más joven que ellos, por la
posibilidad de tener que realizar una traducción de un texto latino delante del
resto de la clase.
La verdad es que no recuerdo que los textos a
traducir fueran especialmente difíciles o que
la profesora fuera particularmente cruel con nadie, ni que se ensañara
con los que cometían errores al traducir, como era el recuerdo que tenía de mis
años de bachiller, simplemente creo que, al tratarse de personas con mucho
bagaje a sus espaldas, el miedo a hacer el ridículo delante de los demás les
paralizaba y hacía que sintieran un pánico atroz a meter la pata.
En una de estas traducciones forzadas le tocó el
turno a un señor que ya no cumplía los cuarenta años. La profesora le eligió y
le pidió que tradujera un texto en voz alta. El hombre se puso de pie con su
libro entre las manos y realizaba intentos de comenzar, pero no podía ni
articular palabra latina a derechas. La profesora le animaba mientras no dejaba
de pasear entre las mesas de los alumnos, “Vamos Fulanito, es un texto
sencillo”, decía y el pobre hombre continuaba intentando formar la primera
frase, “Inténtelo” machacaba mientras seguía su deambular por la clase, hasta
que, parándose delante del alumno le dijo “Equivóquese”.
El resto de la clase, inconscientes, nos echamos a reír.
Equivóquese. Esta acción, que todos celebramos porque
no éramos los directamente interpelados, no era en absoluto algo vejatorio
contra nuestro compañero, muy al contrario, la profesora le animaba a traducir
un texto, a intentarlo y, como consecuencia de este intento, existía la
posibilidad de equivocarse. Si nuestro compañero no intentaba traducir el
pequeño texto, el resultado sería que no tenía ni idea de cómo hacerlo, pero si
lo intentaba y comenzaba a traducir, aunque fuera algo, sería mucho más que
nada.
Este instante se me quedó grabado y, desde entonces,
ha sido para mí una máxima en mi vida: para lograr lo que queremos hay que
intentarlo, hay que arriesgar y en último caso, equivocarse. Nadie va a
regalarnos nada, todo lo tenemos que conseguir con nuestro esfuerzo y, si no
comenzamos por intentarlo, nunca lo alcanzaremos.

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