Mi padre fue un gran aficionado al futbol. Era socio
del Real Madrid y nunca se perdía un partido de los que jugaba su equipo en el
Bernabeu.
El origen de esta afición es sencillo, ¿Qué podía
hacer un joven durante el franquismo para pasar las tardes de los domingos? Ir
al fútbol o a los toros. A mi padre no le gustaba la violencia ni la sangre y
se decantó por el fútbol.
En mi familia antes de organizar cualquier evento,
se le preguntaba a mi padre si el Madrid iba a jugar en el momento que se estaba
considerando para la celebración y, si coincidía que había partido en
Chamartin, se pensaba en otra fecha. Todos sabíamos que le daríamos un gran
disgusto si no podía acudir a disfrutar de lo que más le gustaba, el futbol en
directo.
Mi padre nunca se jactaba de saberse las
alineaciones de memoria ni otras peculiaridades estadísticas del futbol, pero
se vanagloriaba de haber visto, domingo tras domingo, a Di Stefano, a Puskas, a
Gento y a otros muchos jugadores como Zarra, Gainza, Kubala, que pasaban por el
Bernabeu jugando en otros equipos.
A mi de pequeño no me gustaba el futbol, decían que en
realidad lo que no me gustaba era que mi padre se fuera un domingo si y otro
no, después de comer, a ver al Real Madrid, mientras nosotros nos quedábamos en
casa, con mi madre, jugando con los pocos juguetes que podíamos tener en
aquella época.
Es posible que esta fuera la razón de mi aversión a
este deporte, aunque la verdad es que yo no era nada deportista y como tampoco
teníamos televisión, era muy difícil aficionarse a los deportes como ocurre ahora.
Pero los años pasaron y llegó la televisión al salón
de nuestra casa. Mi padre, por supuesto, veía el partido que se televisaba los
domingos por la tarde y yo, sin querer, porque estaba por allí, empecé a verlo con
él. Poco a poco el futbol empezó a atraparme y para la siguiente temporada le
pedí que me hiciera socio del Real Madrid para ir con él al Bernabeu.
No lo dudó ni un instante y así, con el inicio de la
temporada 73-74, comencé mi asistencia regular al Bernabeu. Los estadios de esa
época eran diferentes a los de ahora, los socios veíamos los partidos de pié, a
merced de las masas que muchas veces no te permitían pisar el suelo, no había
videomarcadores y lo normal era que todos los partidos se jugaran al mismo
tiempo, por lo que era fundamental que alguien tuviera una radio para ir
contando como iban el resto de partidos.
A mi no se me olvida la primera vez que entré al
Bernabeu a ver un partido, era sábado por la noche y parecía que el estadio te
envolvía, con esos focos que hacían resplandecer el césped, con el ambiente en
las gradas. Yo creo que ver un partido de futbol en un estadio como este, es
algo mágico.
A partir de entonces no falté a un solo partido, iba
incluso a ver los que televisaban, para mi no había comparación posible entre
la tele en blanco y negro o disfrutar de ese espectáculo en directo. Allí
tuvimos enormes alegrías y grandísimos disgustos, días memorables y días
olvidables, momentos históricos como el disputar un partido de fútbol a las 3
horas de haber sido enterrado Franco, pero sobre todo el fútbol me sirvió para una
cosa muy importante en mi vida: tener una complicidad con mi padre, que hasta
entonces no había tenido.

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